La Universidad Católica y un debate postergado
Difícil mantenerse al margen de la controversia que sostienen las autoridades del Arzobispado de Lima y de la Pontificia Universidad Católica del Perú por la conducción económica y académica de la Universidad. Basta observar que son los dos principales diarios del país los portavoces de los argumentos de ambas instituciones. Sin embargo, es posible que la abundancia de información que circula en los medios tienda más a confundir que a orientar la opinión de mucha gente, especialmente la de aquella que reconociéndose católica contempla con dolor este conflicto que alguien ha calificado como una “guerra fratricida”.
Comparto la opinión de que el debate de fondo en esta controversia legal, y luego mediática, no es de naturaleza jurídica ni realmente económica. Se trata de un diferendo con grandes rasgos ideológicos que, a decir verdad, está presente en el seno de la Iglesia desde hace ya varias décadas, y que en el Perú, a falta de espacios de diálogo, ha terminado expresándose en esta disputa institucional. Si bien el conflicto se activa en el Poder Judicial -en lo relacionado a los bienes de la Universidad- y se agudiza luego con un comunicado vaticano cuestionado recientemente por la PUCP –en lo que toca al Estatuto de la Universidad-, es importante destacar que detrás de la polémica hay dos lecturas diferentes de la identidad cristiana y de la vida de la Iglesia que hace falta discernir para poder comprender con justeza. Las conclusiones y atribuciones apresuradas han venido y seguirán produciendo solo caricaturas de lo que es un debate de fondo en el catolicismo, al que el mundo universitario católico no está ajeno.
Por supuesto, se debe procurar que sea el derecho quien resuelva con justicia tanto en Lima como entre las instancias eclesiales pertinentes. Este deseo no me impide compartir que así como tiendo a pensar que la herencia del benefactor Riva Agüero es propiedad exclusiva de la Universidad como asociación civil, me parece también que las observaciones hechas por el Vaticano al Estatuto de la Universidad tienen asidero histórico y por ello debieran ser materia de un diálogo algo más que honorífico, más allá de si se esté o no de acuerdo con ellas. Creo que la confesión católica de una institución no determina la propiedad de sus bienes. Y, a la vez, creo que los importantes problemas que afectan hoy a la Iglesia no deslegitiman a priori las reservas de la Santa Sede ante el actual Estatuto universitario, observaciones que, ciertamente, anteceden a las actuales autoridades del Arzobispado y de la Universidad.
Decir que el fondo de la discusión tiene una importante carga ideológica no debería ser motivo de escándalo, más aún si ésta gira en torno de una Universidad donde las ideas sobre el mundo y las relaciones sociales -lo que aquí entiendo por ideología- están llamadas a intercambiarse. Había un elemento ideológico en los debates entre san Agustín o santo Tomás y sus respectivos oponentes, o en la famosa disputa sobre los “universales” de la escolástica medieval, en las reformas protestante y católica, y, por supuesto, también en tiempos del Concilio Vaticano II, cuando la vida eclesial era referencia para el diálogo en los claustros de las universidades católicas.
En la vida de la Iglesia debe ser el Evangelio la fuente de inspiración de todo creyente, de toda institución y de las enseñanzas de la jerarquía. Pero como lo saben los estudiosos de las Escrituras y como el mismo Benedicto XVI lo ha señalado a propósito de la razón griega, los testimonios de la fe cristiana nacen y se expresan junto con una manera de pensar. Por ello los debates ideológicos son también un elemento de discernimiento para la vida cotidiana de fe, a condición de no ensombrecer el corazón del Evangelio: la ley de la caridad y la fidelidad al Dios de Jesús. Reconociendo entonces la posibilidad de diferentes modos de pensar en la Iglesia, sucede que uno de los temas más discutidos es el de la especificidad de la identidad cristiana. Se trata de una pregunta difícil tanto para la Iglesia institucional como para la vida de cada creyente.
Institucionalmente, si bien no fue un tema de especial preocupación en el Concilio Vaticano II, sus documentos muestran una particular tensión entre una comprensión de la “diferencia cristiana” como una realidad abierta a los valores de la modernidad (autonomía del Estado, diálogo con diferentes expresiones religiosas, tolerancia ideológica, etc.) y, por otro lado, una concepción, apuntalada en el S. XIX, que sitúa “lo católico” en oposición a los ideales modernos. El espíritu de diálogo que significó el Concilio hizo augurar a muchos pensadores católicos el ocaso de esta última postura, pero la historia del postconcilio, marcada por el pontificado de Juan Pablo II, ha demostrado el arraigo que la resistencia a la modernidad sigue teniendo en la jerarquía y en la conciencia de muchos creyentes. Es claro que -como lo escuché alguna vez del Cardenal Walter Kasper- las versiones radicales de este espíritu antimoderno pertenecen a una tradición reciente en la Iglesia cuyos fundamentos teológicos son enormemente discutibles. A la vez, habría que valorar en él su preocupación por sostener la fe en contextos donde la práctica de muchos creyentes insertos en la modernidad más bien ha eclipsado a la fe cristiana como referencia vital.
Volviendo a nuestra realidad local constatamos que también en la Iglesia peruana conviven tanto un espíritu abierto al mundo, como también una manera de definir la identidad cristiana por exclusión de los valores de la sociedad contemporánea. Pero quizá la particularidad de la Iglesia peruana en relación a estas tendencias está en que aquí los principales espacios de diálogo, florecientes en épocas del Concilio, han sido progresivamente abandonados. Esto no puede sino ser lamentable, porque siempre que la Iglesia ha dejado de ser un espacio de acogida para diferentes maneras de pensar alrededor de una confesión común, la fe, en lugar de dialogar con las ideologías, ha quedado más bien ensombrecida por alguna de éstas. Es así que no pocas veces, tanto en autoridades como en fieles, algunas ideologías han eclipsado a la fe, a veces bajo la forma de un rigorismo religioso ajeno al Evangelio o, por otro lado, bajo la forma de un pensar abstraído de las interpelaciones de la espiritualidad.
Como causa y efecto de una insuficiente apuesta por la reflexión y el debate sobre la fe, la institucionalidad eclesial peruana guarda la tentación de identificar fácilmente el pensamiento cristiano con su versión antimoderna, es decir, reaccionaria. De allí que, por ejemplo, para un sector de la jerarquía pueda parecer evidente que solo el control del clero garantiza la catolicidad de una institución, cuando los escándalos recientes han mostrado que esto no representa una solución definitiva. Pero no sería justo dejar de observar también la débil presencia eclesial de buena parte de los intelectuales de confesión católica, quienes, evidenciando una falta de cultivo intelectual de la fe, han dejado solo al clero la reflexión sobre la vida cristiana. De allí que en el debate sobre la PUCP se ensayen argumentos contradictorios para defender la identidad de la Universidad, como el rechazo simple de su carácter confesional. Como si la confesionalidad en una entidad privada implicara en sí exclusión, o como si ella fuese ilegítima en un centro fundado para difundir la fe cristiana en el medio universitario.
Creo que ésta es la problemática de fondo que evidencia la actual controversia jurídica sobre la Universidad Católica, donde el riesgo es tomar, a partir de apreciaciones poco discernidas o meramente ideológicas sobre lo que podría ser una universidad católica, decisiones que afecten definitivamente a esta gran institución. Es solo gracias al debate y la discusión que el saber ha progresado en la Iglesia, tal como lo atestigua el Nuevo Testamento. Y es que no hay otra forma de discernir lo que nos une.
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Algunas referencias:
Qué espera la Iglesia de sus universidades (Por el profesor Luis Bacigalupo)
Caricaturas y falacias (Por Rafael Fernández Hart SJ)
¿Qué hace católica a una Universidad? (Por Ricardo Antoncich SJ)
La différence chrétienne (Por Christoph Theobald SJ – Revista Etudes, tomo 412/1 de enero 2010)

